La buena moda

Vivimos vestidos, al menos la mayor parte del tiempo. La ropa es una prolongación de nosotros mismos. Con ella nos protegemos del frío y expresamos nuestra forma de ser. Ambas acciones se meditan antes de llevarse a cabo, y sin embargo no solemos reflexionar sobre determinados valores que van más allá de los relacionados con el precio, la función o el estilo de la prenda elegida.

 

Bastaría con leer de forma pausada la etiqueta que tenemos delante para, además de comprobar si es de nuestra talla, averiguar la procedencia de la misma o si el tejido con el que se ha fabricado es de origen natural. Un gesto importante si queremos que nuestra ropa esté libre de abusos ambientales, laborales o tóxicos.

 

La industria de la moda es una de las más contaminantes del planeta. La mayoría de las grandes empresas textiles todavía utilizan en su cadena de producción un gran número de sustancias químicas peligrosas que dañan nuestro entorno y ponen en peligro la salud de las personas que se exponen a ellas de forma prolongada.

 

Esta industria también genera una gran cantidad de residuos debido a la fast fashion o moda desechable que fomenta un consumo masivo y acelerado entre la población. Además, las fibras de poliéster que reinan en nuestros armarios contaminan los ríos y océanos en forma de microplásticos, una sola prenda libera hasta 1 millón de fibras sintéticas en un solo lavado.

 

A todo esto, hay que añadir las deplorables condiciones laborales a las que son sometidas muchas de las personas que trabajan en el textil: jornadas demasiado largas, salarios extremadamente bajos, instalaciones precarias y un largo etcétera nada glamuroso. Por no hablar del sufrimiento de millones de animales que se crían y matan en cautividad con el único objetivo de vestirnos con sus pieles.

 

Por eso, antes de comprar tus próximos pantalones vaqueros, conviene preguntarse sobre estos posibles impactos y decantarse por marcas y empresas más sostenibles a nivel social, económico y medioambiental.

 

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