Volver a habitar la España rural

Que la población española está desigualmente distribuida por el territorio es bien sabido. En esta infografía del Instituto Nacional de Estadística es conveniente fijarse en la leyenda. Uno de los lugares donde mejor se aprecia el desequilibrio es el centro del país: Madrid, con la máxima densidad de población (más de 550 hab./km2), está completamente rodeada por provincias (Segovia, Guadalajara, Cuenca, Toledo, Ávila) con la menor densidad de población (menos de 55 hab./km2).

 

Aunque este desequilibrio ha ganado espacio en los medios de comunicación en los últimos años, lo cierto es que viene produciéndose desde el siglo XVIII. Lo que ha sucedido en las últimas décadas es que se ha intensificado, con decenas de miles de personas abandonando los pueblos y llegando a las ciudades, dejando sus empleos en la agricultura por otros en la industria o los servicios. Este fenómeno se conoce como éxodo rural, y no es exclusivo de España.

 

A pesar de que estos lugares “abandonados” puedan ser el escenario de alguna narración interesante, los habitantes de estos lugares son conscientes de sus problemas. Y el primer paso para resolver un problema es identificarlo, describirlo, llamar la atención sobre él. De aquí nace la iniciativa Serranía Celtibérica, que agrupa más de 1.300 municipios de lo que ellos llaman “la Laponia del Mediterráneo”, repartidos en diez provincias de cinco comunidades autónomas diferentes.

 

Otro proyecto más íntimo con el objetivo de analizar esta situación es España deshabitada, a través del cual un grupo de jóvenes franceses y españoles recorrieron algunos de estos lugares, del estrecho de Gibraltar a los Pirineos. Fotografías, poemas, entrevistas y archivos de audio documentan este viaje. De ellos he extraído esta reflexión:

 

Si hablamos de lugares deshabitados (déshabités) o despoblados (dépeuplés) -este último adjetivo también puede ser sustantivo en castellano- se supone que dichos lugares han padecido un proceso, un cambio de estado entre lo habitado y lo no habitado.

 

Decir de un lugar que está deshabitado o despoblado no solamente significa que se trata de un espacio desierto sino que también viene a recordar que no siempre lo estuvo, que sufrió un vaciado de su gente.

 

Para ir acabando, me gustaría mencionar otras dos iniciativas que, desde esa España vacía, pretenden superar esas dificultades y poner las cosas más fáciles para que la gente joven no abandone estos lugares. Una de ellas es La Exclusiva (Soria), una empresa de logística que ofrece sus servicios a los habitantes de pueblos pequeños a través de cuatro rutas que conectan la provincia. La conocí a través de la Revista Salvaje.

 

La otra es Apadrina un Olivo, de Oliete (Teruel), un proyecto que responde a muchos desafíos a la vez: se recuperan olivares, se practica la agricultura sostenible, tiene una vertiente social, participa en la economía local y, sobre todo, produce un aceite buenísimo. A casa ya nos llegaron nuestras dos botellas anuales, decoradas con una etiqueta de Boa Mistura con el mensaje “QUERER VOLVER”.

 

Texto en colaboración con Manuel Pérez.
Profesor de Geografía e Historia.

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