La desaceleración cotidiana como activismo

La optimización de nuestro tiempo de ocio o no productivo parece haberse instalado, también, en nuestra cotidianeidad. Medimos muchas de nuestras tareas y acciones diarias según el tiempo empleado en llevarlas a cabo, o mejor dicho, en el que nos ahorramos. Leer un artículo en internet 3 minutos, calentar un plato precocinado 1 minuto, escuchar un mensaje por WhatsApp 90 segundos. 45 si lo reproduces a velocidad 2x.

 

¿Pero qué sucedería si introdujéramos la lentitud en nuestras rutinas? ¿Qué pasaría si, en vez de poner el foco en la rapidez y la eficiencia, comparásemos nuestro tiempo con los ritmos más pausados de la naturaleza? 

 

Durante los inicios de la industrialización en Europa, hubo alguien que diseñó un reloj floral, en el que para saber la hora había que observar qué plantas abrían o cerraban sus flores. Se podría decir que este jardín propuesto por Carlos Linneo fue un bello ejemplo de subversión contra la celeridad de una época que ya empezaba a coger carrerilla.

 

¿Qué haría Linneo hoy? 

 

Fabricar una mesa, hacer pan o cultivar un huerto se convertirían en ejercicios de resistencia contra la aceleración imperante de nuestros tiempos. 

 

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